MADRID SIN TI. Prólogo a Doc Caribbean, historia viva del monopatín.
*** El texto a continuación se publicó como prólogo del libro Doc Caribbean: Memoria viva del monopatín publicado por la editorial Colectivo Bruxista en 2024 ***
Recuerdo perfectamente la primera vez que me subí a un monopatín y sentí la sensación hipnótica que supone el deslizamiento. Era verano de 1979, mi familia y yo estábamos pasando las habituales vacaciones en Zarautz, yo tenía la edad en la que las vacaciones parecen eternas; y me lo compraron mis padres tras sufrir por mi parte una presión importante. Días antes había visto bajar una cuesta a un grupo de chicos y esa visión me había quedado impresionado. Desconozco si ya antes mi cerebro había registrado la existencia de ese objeto, pero lo que tengo claro es que esa imagen fue lo que hizo clic, primero en mi cerebro, luego en mi corazón. La compra se llevó a cabo en la tienda de la entonces calle Arenal “Gerónimo”, la marca que después se transformó en el más que meritorio y admirable imperio “Pukas”, y que se inventaron María Azpiroz e Iñigo Letamendía, dos auténticos pioneros del surf, el skate y la moda textil asociada a todo este universo.
Ejes ACS 651, ruedas “Kryptonic” de 4 colores y una preciosa tabla de madera laminada que aún me emociona recordar componían ese primer monopatín que me acompañó durante años. Ya no solo en los momentos de las cuestas o las primigenias y artesanales rampas; con él hacía recados, iba a casa de los amigos e incluso me servía de apoyo en los pies mientras hacía los deberes; balancearlo de un lado a otro me daba paz y me ayudaba a concentrarme. Después llegarían las primeras revistas, las periódicas visitas al skate park de San Juan de Luz para disfrutar de los pioneros e interminables días inventando y diseñando trucos. La comunión con el monopatín era ya un hecho. La sensación de libertad que te proporciona, de sentir que podías llegar a cualquier sitio y poder constatar que el esfuerzo y la dedicación tenían una recompensa palpable: la evolución personal. O al menos eso percibía en esos primeros momentos, cuando lo importante, aparte de patinar, era disfrutar de tus amigos, muchos de los cuales empezaban a compartir mi pasión.
Aunque nací en Madrid, en el glorioso barrio de Chamberí, por circunstancias laborales de mi padre viví la preadolescencia, esa franja de edad tan marcada, fuera de allí. Primero en San Sebastián, en los años de plomo, de crisis y violencia, pero que la mente de un niño naturalmente obviaba en una lógica sensibilidad selectiva. Lejos de ser consciente de lo que estaba pasando, lo que molaba de ese momento era ver las primeras tablas de surf, como la de Perico Sánchez Albornoz, un amigo de mi padre, en la playa de Zarautz. Y por supuesto las primeras camisetas con bolsillo a la altura del corazón y con llamativos estampados en la espalda. También los primeros patinetes, muchos de ellos aún tuneados de manera artesanal ante la falta de suministros. Las “John Smith” antes de que supiéramos que eran las “Converse” y películas como “El gran miércoles”, “Skateboard: The Movie”, “Go for It!” y mi favorita, “Freewheelin”. Toda una explosión de cosas novedosas que te invadía generándote una cierta ansiedad, sobre todo cuando cruzabas la frontera y veías todo lo que había en esos escaparates de Biarritz, Anglet, Hendaya o San Juan de Luz. Lugares increíbles de los que recuerdo algo así como flashes temporales, que incluso incluyen hasta el olor que generaba la acumulación de ruedas “Bones”, “Kryptonics” o “Santa Cruz”, que conformaban preciosas estampas cromáticas en los estantes.
Avatares de la vida y nuevamente del trabajo de mi padre me llevaron a vivir la explosión de la adolescencia, al lugar que creo que suponía el auténtico contrapunto a San Sebastián: bienvenido a Murcia. Años maravillosos en una ciudad que comenzaba a reinventarse hasta ser lo que es hoy, pero que en ese momento daba la impresión de vivir unos años atrás a lo que había conocido en el norte; reconozco que me costó mucho la aclimatación al principio. Menos mal que poco después llegó el punk de manera explosiva para iluminar mi vida.
Patinar por la Murcia de los incipientes 80 suponía literalmente asumir el papel de extraterrestre, al que miraban de manera singular, no entendiendo demasiado bien cómo funcionaba aquello. Largas sesiones en el Malecón de la ciudad llenaron muchas horas de mi vida, que se vieron beneficiadas con la aparición del Walkman original de espumillas naranjas, de donde surgían los acordes de las canciones de los Ramones, los Pistols, los Damned, los Clash y por supuesto Farmacia de Guardia, mi primer crush con el punk estatal y cuyo himno “Cazadora de cuero” se convirtió en mi particular banda sonora vital. Un año después llegaron una pareja de hermanos desde Algorta, Vizcaya, para vivir en Murcia. No sé por qué, pero no recuerdo sus nombres; sí recuerdo que con ellos se vinieron unas tablas preciosas y, sobre todo, una colección de revistas americanas que me cambiaron la vida. Construimos rampas haciendo acopio en expediciones nocturnas a fábricas de madera y organizamos carreras de slalom utilizando botellas o botes a modo de conos. Con ellos pasé el último año en la capital de la huerta y lo disfruté muchísimo, en comunión permanente con el patín. Después nos trasladamos a Alicante y con ello llegó el abandono del deslizamiento en pos de actividades en ese momento más reconfortantes, como eran las chicas. Aquella tabla “Gerónimo” acabó debajo de la cama, abandonada y olvidada. Un tiempo después desapareció y tardé mucho tiempo en detectar su ausencia. La que había sido mi compañera de horas y horas se diluyó en alguna de esas mudanzas. Lo que daría por volver a verla.
El caso es que finalmente volví a Madrid y, como continuación a otras publicaciones alternativas que había promovido, se me ocurrió editar un fanzine que se llamaba Subterfuge, que luego, de manera totalmente inconsciente, se convirtió en una compañía discográfica y en el motor de mi vida hasta hoy. Pero esa es otra historia.
Mi primer hijo, Nicolás, nació en 2002. La llegada de los hijos supone una especie de ejercicio de regresión, donde recuperas momentos de tu infancia, sensaciones y emociones de antaño que irremediablemente transmites. El éxito en estas transmisiones suele ser bastante escaso, afortunadamente, porque esto sirve para potenciar y reafirmar de manera sólida la personalidad de estos. Por eso, una vez cumplió siete años, decidí que era el momento de desempolvar esas sensaciones de antaño y volver a subirme a una tabla. Me habían hablado de las mañanas de los domingos en el Parque del Oeste y de un grupo dispar de gente que se reunía para hacer slalom o hacerse unas bajadas por ese memorable paseo de Camoens. En medio de todo esto destacaba la cabellera blanca y el discurso firme de José Antonio Muñoz-Cuellar, es decir, de Doc Caribbean. Naturalmente conocía su leyenda y había estado en la tienda algunas veces de la calle Columela, como espectador, disfrutando de ese escaparate de evocación dickensiana que paladeabas con la vista.
Y una cosa lleva a la otra, y empecé a visitar de manera periódica la tienda, entablando una sincera amistad con toda la familia, empezando por Doc y Belén, su mujer, y sus hijos Nacho y Borja, con los que además comparto muchas afinidades musicales, proporcionándonos buenos ratos de conversación sobre discos y conciertos, además de otra de nuestras grandes pasiones compartidas: el Atlético de Madrid. La experiencia de ir a Caribbean siempre se tornaba emocionante; sabías cuándo entrabas, pero no cuándo salías, ni a qué hora ni con quién, dado que siempre era fácil acabar en alguna barra de bar cercana compartiendo unas cañas con amigos, a muchos de los cuales conocí allí, como el mítico “RD” Ricardo Damboronea, a la sazón el primer skater profesional reconocido en España; Javi y Dani Navarro, Óscar y Lucas Nuño, Uriel Seguí, Mad Surfer, Pablo Ballester, los Vikingos de Vallecas, Sergio Jungle, Jaime Road Rider, Pablo Rodríguez, Quique Tavera, Bomber, etc. En esas sesiones de lúpulo y conversación se planificaban, entre otras cosas, expediciones de fin de semana a spots maravillosos como el inolvidable skate park de Móstoles, el lugar que sirvió de inspiración para que exista nuestro orgullo olímpico, Danny León. Móstoles, quizá el último gran sitio donde he disfrutado quemando endorfinas y uretano, y que, como otros tantos templos, sucumbió a la especulación urbanística.
La tienda Caribbean de la calle Columela era un auténtico templo; con esto no digo que Ayala no lo sea, pero es otra cosa. Columela era un pequeño espacio donde se respiraba monopatín por todas las esquinas. Un espacio pequeño, pero totalmente optimizado, que convivía con la leyenda del almacén que existía en la planta de arriba y cuyo paso estaba vetado, lógicamente, a la clientela. Ese almacén, al que sí he podido acceder en la nueva localización, refleja toda una vida. Un enorme lugar, ordenado, muy ordenado, repleto de cajas de zapaterías clásicas recicladas y convertidas en contenedores de bushings, pegatinas, tuercas, rodamientos, cordones, catálogos, llaveros, zippos, lijas… pequeños contenedores que componen un enorme y fascinante continente.
Campeonatos de slalom, la creación del efímero “Madrid Old School Skaters Club”, viajes, comidas y actividades varias conformaron durante años un diario de bitácora que se generaba y escribía alrededor de Doc y Caribbean. Juan Rayos firmó en 2011 Conversando con Caribbean, un maravilloso documental sobre su figura y su historia, al que puedes acceder en plataformas de streaming y donde desmenuza de manera cercana y coloquial su vida y desvela la intrépida historia desde sus orígenes: la de Caribbean, una marca que no solo se convirtió en sinónimo de calidad, innovación, actitud y estilo, sino que también se transformó en un faro de referencia cultural y en todo un ejemplo de emprendimiento. José Antonio, el capitán de esta expedición sobre ruedas, transformó su amor por el skateboarding en una empresa que no solo ha vendido material y productos, sino desde donde también se han narrado innumerables historias vitales de valentía, dedicación y resiliencia. Una más que recomendable pieza audiovisual, que supone un estupendo aperitivo para este manjar que tienes en las manos: el maravilloso libro que ha cocinado a fuego lento Hugo Clemente.
Otra de los proyectos en los que me embarqué gracias al empuje de esas jornadas compartidas con Doc y su universo fue Monopatín, el documental firmado por Alfredo Prados y Pedro Temboury, al que muy generosamente me invitaron a participar en forma de productor y del que me siento especialmente orgulloso por las muchas satisfacciones recibidas, como fue entablar una sólida amistad con Alfredo, otro auténtico personaje necesario de reivindicar junto a su 40SK8. También reafirmar la que ya existía con Pedro y, por supuesto, disfrutar con la emoción incontenida de todos los participantes, en especial de Doc, que se abrió en canal y nos abrió sus cajas de recuerdos para compartir de manera desprendida y generosa sus álbumes de fotografías, sus cajas de carretes de súper 8 y una cantidad ingente de memorabilia atesorada durante años. Todo eso y mucho más sirvió para componer una pieza audiovisual maravillosa que recrea la historia del monopatín en España, contada de manera oral por algunos de sus protagonistas.
En el libro que tienes en tus manos, Hugo ha explorado e indagado de manera concisa en todos los capítulos de la vida de Doc, descubriéndonos no solo el ascenso de un hombre que hizo de su hobby y su pasión una empresa. Además, Clemente nos ilustra sobre la historia, desde sus orígenes y raíces, del surgimiento de lo que es mucho más que un deporte: un movimiento que conectó regiones, países y continentes, tendiendo los siempre necesarios puentes. También nos confirma y reafirma que Doc Caribbean no solo ha llevado la esencia y la filosofía del skate a otros parámetros, sino que también ha propiciado la extensión de sus alas, explorando horizontes más allá de lo convencional, conectando el deporte con la moda y con lo que ahora conocemos como lifestyle.
Un libro que he visto nacer, crecer y evolucionar hasta convertirse en un maravilloso legajo lleno de emoción, respeto y amor hacia Doc y todo lo que ha surgido desde ese local inolvidable de la calle Columela hasta la ubicación de hoy en Ayala. Una historia que Hugo ha sabido plasmar como si la hubiera vivido en primera persona y que transmite además una buena carga de síndrome de Estocolmo, inevitable tras compartir tantas horas al lado de esta leyenda viva, que además dispone, como apreciaréis, de una memoria prodigiosa repleta de matices y detalles que engrandecen la historia a cada momento.
El ciclo de la vida continúa y ahora es con Carlitos, mi hijo pequeño, con quien comparto la pasión por patinar y disfrutar de esas sensaciones que te llenan de vida mientras lo haces y que te emocionan cuando las recuerdas y las compartes. Y nos encanta visitar la tienda de los Muñoz-Cuellar, donde Doc mantiene todo ese charme que con los años lo ha hecho más cercano; ahora incluso es de lágrima fácil, algo impensable hace años, cuando imponía carácter al trato con los que nos acercábamos a su espacio, donde reinaba y reina para el disfrute de todos, como ese chamán que te guía rozando la espiritualidad, transmitiendo con el ejemplo. Y, por supuesto, escaparnos al Parque del Oeste, donde aún es fácil, con sus 70 años, disfrutar del flow de Doc subido en la tabla, desafiando un circuito de conos o compartiendo sabiduría y teorías con quien las quiera escuchar. Genio y figura, un tipo increíble que mantiene imperturbable su capacidad para la sorpresa, la admiración en el reconocimiento por el trabajo y el esfuerzo de los demás y la valoración que expresa sin tapujos, algunas veces incluso de manera ruborizante para el receptor de sus palabras. Por las veces que lo has hecho, por si luego se me olvida, aunque te lo diría mil veces: gracias, Doc.
Entender y valorar todo lo que Doc ha hecho y ha aportado a la escena skater y a su querido Madrid es fácil de calibrar leyendo las páginas siguientes, aunque aún se entendería más si nos planteáramos un ejercicio de ucronía (que el diccionario de la RAE define como “una narración especulativa acerca de posibles advenimientos que habrían acontecido si los sucesos factuales se hubieran desarrollado de manera lógica alterna”), que coloquialmente podemos traducir como un “¿qué hubiera pasado si…?”. Juguemos, pues: ¿y si el padre de Doc no hubiera tenido esos patines que luego heredó para patinar por el Paseo de Coches del Parque del Buen Retiro de Madrid? ¿Qué hubiera pasado si sus padres, en vez de enviarlo a estudiar a Berkeley, California, en 1973, lo hubieran enviado, por ejemplo, a Dublín? ¿Y si la gente de la fábrica Sancheski hubiera sido menos amable y no le hubiera enviado el repuesto del monopatín que se le rompió y que había comprado en la madrileña tienda Deportes Todo? ¿Y qué hubiera pasado si Cimarra Sport, la tienda de Claudio Coello, no le hubiera hecho ese hueco que luego se convirtió en la tienda de Columela cuando cerraron en 1975? Variables que, de haberse dado, nos habrían privado de conocer y convivir con alguien a quien ya muchas generaciones le debemos mucho. ¿Que casi todo lo que conocemos hubiera existido aun así? Seguramente sí, pero también tengo claro que nada hubiera sido lo mismo. Parafraseando a mis amados Niña Polaca, querido Doc: “Madrid sin ti no hubiera sido tan Madrid”.