Olor a Vinagre

Si hay una cosa de comer que me gusta, y mucho, son los encurtidos o variantes. Tanto el sabor, como el olor me transporta a recuerdos de la más tierna infancia.

A mi padre era algo que le chiflaba, así que no había sábado por la mañana, en el que no organizara una expedición hacia una tiendilla que había en la calle Ponzano, cerca de nuestra casa de Alonso Cano, en el corazón del barrio de Chamberí. Apenas llegaba al mostrador y  siempre me tenía que poner de puntillas para recibir un presente de parte de la tendera; pero era entrar y dejarme embriagar por esa sinfonía de olor a vinagre y todos esos recipientes repletos de guindillas, cebolletas, banderillas, pepinillos, berenjenas de Almagro y toda esa estupenda selección de pescados en salazón, como esa maravilla gastronómica que es la sardina “vieja”.

Mientras mis amigos preferían una bolsa con regalices, palotes y chicles “Cheiw”, yo era feliz con mi bolsa de cebolletas, a la que como un ritual, al final siempre le hacía un agujerito, para tomarme el líquido a modo de “bota”, cosa que no le hacía ni puñetera gracia a mi madre, porque lo frecuente era que ese liquidillo, dada mi poca pericia, acabara impregnando mi ropa.

Una amiga de esas que quiero mucho y que se llama Cecilia, me contaba una hilarante historia alrededor de todo esto, y que básicamente era que en uno de sus embarazos y a modo de antojo, le dio por consumir pepinillos a todas horas, e iba conduciendo por Madrid con una bolsa siempre a su lado bien repleta a la que atacaba sin piedad en los semáforos.

Esa obsesión no se convirtió en abominación, y  como además de buena amiga, es una excelente anfitriona, siempre que organiza un sarao en su casa, nunca falta género macerado en vinagre.

Aún hoy me detengo siempre en los puestos de los mercados donde venden este exquisito manjar, y deslumbra con ese muestrario cromático que hipnotiza.

Desgraciadamente las tiendas de barrio ya no existen, ahora son chinos y todos venden lo mismo. Eso sí, afortunadamente en los bares siempre hay oferta y pocas cosas son comparables a una caña bien tirada, acompañada de un platito con una selección de variantes. Y cada vez que lo hago, me acuerdo de mi padre, me acuerdo de esa tienda de barrio, de mi niñez y de ese olor que activa mi pituitaria y la máquina de los recuerdos que nunca volverán, pero que siempre estarán con nosotros.

Santisteban Inmortal

Artículo originalmente publicado el 28 de Mayo de 2013 en Playground Magazine

El pasado viernes 24 de mayo nos dejó el Maestro Alfonso Santisteban. Durante estos últimos años años jugó una larguísima partida de poker con un cáncer de pulmón, al que a base de faroles y jugadas maestras, consiguió mantener a raya hasta esta última mano donde las cartas no estuvieron a su favor…

Tuve la inmensa suerte de conocer, y después trabajar, a este irrepetible músico a raíz de poner en marcha el subsello “Música para un guateque sideral” dedicado a rescatar obra de autores españoles de la década de los 60 y 70 principalmente . Por mediación de un amigo, me enteré de que Alfonso estaba pasando una mala racha emocional, retirado en Marbella y que había cedido toda su obra a la SGAE. Estaba harto y no quería saber nada más de la música más allá del deleite, que le acompañó hasta el último momento, de acariciar las teclas de su piano “mágico” como lo llamaba. Atrás quedaban casi 40 años de carrera.

Siempre había sido un personaje que me había fascinado. Por un lado, parte de su obra fue la banda sonora catódica de muchas horas frente al televisor dando cuenta de un bocadillo de nocilla por ejemplo, y por otro, alguien que me  trasmitía a través de las revistas de papel couché que llegaban a casa, una actitud vitalista , hedonista y glamourosa , bajo un look total que le acercaba a las estrellas del Rock. Así que desde el primer momento, me fijé como meta que el debería ser el protagonista de esta colección.

Sería mediados de 1998 aproximadamente y conseguí su número de teléfono tras algunas gestiones que no fueron nada fáciles, parecía que la tierra se lo había tragado. Una vez lo tuve y con el lógico nerviosismo y el respeto que me infundía le llamé. Desde el primer momento percibí algo especial y a diferencia de otros ilustres con los que contacté para ofrecer la posibilidad de rescatar parte de su obra (esta sería otra historia…), enseguida me empezó a hablar de música, de lo que estaba escuchando, que se había pasado toda la mañana frente al piano y que había vuelto a emocionarse disfrutando de Astrud Gilberto, con una pasión hasta entonces desconocida para mi. En ese momento desee que nunca acabase de hablar y aún retumban en mi cabeza muchas de las cosas que me dijo…

A pesar de insistirme de que su retiro era en firme y de que no quería volver a saber nada del entramado musical, ante mi insistencia como fan y el entusiasmo que me embriagaba en ese momento, finalmente cedió, y sin prometerme nada, sugirió que igual podríamos vernos en unos días aprovechando un viaje que tenía que hacer a Madrid. Antes, me pidió que fuera a la SGAE  a recoger del archivo el material cedido y ver la posibilidad de hacer algo con el, aunque ya de entrada me comentó que lo que podría encontrarme se acercaba a algo caótico. Y así lo hice, me dirigí al Palacio de Longoria, pregunté por Jorge Ansoaín, la  persona que más le ayudó hasta el final dentro de esa casa, y bajamos a una especie de catacumbas donde entre otras cosas, se encontraba el piano del Maestro Chapí. Tras unas largas horas de búsqueda, conseguimos encontrar unas cajas en cuyo exterior figuraba su nombre y que estaban repletas, sin ningún tipo de orden, de cintas apiladas sin demasiado cuidado, bovinas y partituras. Salí de allí emocionado, consciente de que de alguna manera llevaba en mis brazos un trozo de la historia de la música de este país.

Al día siguiente ya estaba en los desaparecidos estudios Sonoland, donde él había vivido tantas horas de grabación, pasando todo ese material a un formato que se pudiera escuchar, restaurando artesanalmente mucha de las cintas, clasificando y descifrando muchos títulos escritos con unas caligrafías imposibles.

Y llegó el día de conocernos, quedamos en la oficina que teníamos en la Plaza de Tirso de Molina, nervioso y excitado como pocas veces, lo recibí. A los cinco minutos nos tenía a todos rendidos bajo su encanto y simpatía y para todo el mundo tenía una palabra amable. En ese momento percibí que empezaba a fraguarse una amistad inquebrantable y una rotunda admiración hacia su persona que duraría para siempre.

Santisteban, Pelé y un par de whiskys

Santisteban, Pelé y un par de whiskys

Pasamos varios días juntos escuchando todo ese material rescatado, en medio de una nube de humo del tabaco negro que tanto le gustaba y por supuesto de algunas botellas de su whisky favorito. Me comentaba cada una de las piezas, cada de detalle de composición, grabación o producción, de todas recordaba alguna anécdota increíble. Me habló de su devoción por Brasil y su encuento con Jobin en un café de Ipanema, me habló de sus inicios en el Whisky Jazz Club auspiciado por el otro grande, Augusto Algueró. Del estudio compartido con Burt Bacharach en su aventura Americana, de las bandas sonoras para películas eróticas italianas de finales de los años 70, de su amistad con Pelé, de sus producciones a Bambino, de su musical “Satán azul” donde se lo dejó todo y que le llevó a sufrir la amenaza por grupos de extrema derecha de la época, de las noches canallas en Bocaccio, Florida Park, Long Play, Xairo o el Oliver de la calle Almirante y naturalmente de otra de nuestras grandes pasiones compartidas, el Atlético de Madrid. Toda una vida llena de recuerdos imborrables que trasmitían un espíritu de modernidad, de lo cual nos pasaba de largo. Avanzado en cada momento, siempre por delante…Solo por esos días imborrables daba las gracias y sigo dándolas por dedicarme a lo que me dedico.

Esta complicidad se tradujo a lo largo de los años en cinco fantásticos discos, Música de TV, El callejón de los sueños perdidos, Jazz natural, Verano del 72 y el imprescindible Café Ipanema y aunque muchas cosas se quedaron en el tintero o fueron imposibles de recuperar, resume una parte vital de su existencia creativa.

Hablábamos prácticamente todos los meses desde entonces y nos vimos alguna vez en el sur, como hace tres años cuando fuimos a entregarle un presente a modo de reconocimiento por sus más de 40 años de carrera. Pero la cita ineludible de todos los años era una comida que organizábamos en su honor aprovechando que venía a Madrid a pasar las fiestas navideñas con los suyos. Siempre invitábamos a músicos y amigos a que nos acompañaran en estos encuentros, donde las sobremesas se alargaban hasta el anochecer sazonadas a base de anécdotas, experiencias y lecciones vitales que nos hacían pedirle más y más. En estos más de 15 años de amistad y hasta en la época que el maldito cáncer apareció, y que le privo de su personalísima melena durante unos meses por culpa de la quimioterapia, nos trasmitió alegría, satisfacción y agradecimiento por haberle hecho vivir, como el decía, esta “Bola extra musical”.

Texto manuscrito de introducción al disco "Verano del 72"

La última vez que hablamos fue hace un par de meses, aunque se le notaba algo achacoso, eso sí, jamás le escuche quejarse, nada hacía predecir que el final de la partida estaba cerca. Hablamos de un libro que en Subterfuge estamos preparando con motivo del 25 aniversario y donde se nos antojaba más que imprescindible su presencia en el a base de su testimonio en primera persona. Como siempre su predisposición fue total y emocionado me decía “Carlos, ya sabes que yo soy Subterfuge como el que más”. Una verdad como un templo que me llena de orgullo.

Esta ultima colaboración desgraciadamente ya no va a ser posible, aunque tampoco importa, ya que su presencia en nuestras vidas, a nivel profesional y personal, marcaron una huella imborrable y siempre estará a nuestro lado.

Así que con lagrimas en los ojos, con un nudo en la garganta y una punzada en el corazón, no puedo más que decirte “hasta luego” y asegurarte tu presencia cada día que abramos las puertas de Subterfuge para trabajar en lo que más nos gustaba a ti y a mí, la música. Por que  me distes una dosis de pasión extra hacia ella, por que respestaste mi trabajo y esfuerzo como pocos, por esa amistad inquebrantable que tan feliz me ha hecho.

Y desde aquí le mandamos un beso y un abrazo a Silvia, Laura y Alejandra, tus hijas a las que adorabas y a Gema, tu amor y compañera fiel durante estos últimos años. Y por mucho que suene a tópico, para acabar estas líneas solo me salen estas palabras y este sentimiento, te voy a echar mucho, muchísimo de menos. Te quiero amigo.

 Carlos Galán. Madrid 26 de mayo de 2013.

 

Monopatín

El primer monopatín que tuve, si, monopatín, lo del skate llegó mucho mas tarde; me lo compraron mis padres en el verano de 1978 en Zarautz, concretamente en la tienda “Gerónimo”, germen de lo que después seria la internacional y exitosa marca Pukas. Como todo hijo de vecino, posteriormente también tuve mi Sancheski “Top”, más por envidia a un amigo que por necesidad, ya que tuve el privilegio de empezar a patinar con unas ruedas de Kryptonics de colores. Privilegios de veranear allí, poder acceder a material así y disfrutar en directo de los primeros que surfeaban sus olas y descendían a toda velocidad las cuestas de Aldapeta.

©pukas

©pukas

            Un buen montón de años después, sobre el 2011, me encontré a Pedro Temboury y a Alfredo Prados en el parque del Oeste madrileño mientras hacían unas entrevistas, me hablaron de un proyecto que habían puesto en marcha unos meses antes y que me apasionó desde el primer momento. Se trataba de un documental que recogería los inicios del skate en España contado por sus protagonistas y documentado con material de la época. Ya tenía nombre, se llamaría MONOPATIN.

            A Pedro le conocía desde hace mucho tiempo, de aventuras en común, algunas alrededor del inolvidable Jess Franco, y ya era fan de su personalísima obra. A Alfredo le profesaba una incontenible admiración por todo lo que estaba, y continua haciendo, por el Skate estatal desde su imprescindible pagina web  www.40sk8.com. Con ambos había compartido sesiones de quema de ruedas de uretano y mantenido más de una entusiasta, cerveza en mano, conversación sobre olas y surf, otra de nuestras pasiones compartidas.

            Me invitaron a participar, por cierto de nuevo ¡gracias!, en esta alucinante aventura que suponía el documental y hasta hoy; con la satisfacción de que se ha hecho un trabajo más que digno a golpe de corazón, con escasos medios y robando horas a los festivos o a la familia. Y es que se consiguió que estuvieran todos, desde el mítico RD (Ricardo Damborenea), a Jose Antonio “Caribbean” compartiendo sus recuerdos, pasando por pioneros de la talla de Francisco Burgos,  Neme Rico, Javi Labad de la escuela vasca, el músico y campeón en 1978 Javier Corcobado, Mercedes Resino, los protagonistas de los inicios en Arenys de Munt como Joan Granell o Panko e incluso el testimonio de la familia Sánchez desde su factoría de sueños que es la fabrica Sancheski en Irún o imágenes de cracks internacionales como Lance Mountain o Christian Hosoi . Y todo centrado en los puntos donde todo empezó Madrid, Barcelona, La Kantera en Bilbao y esa inolvidable historia por todo lo que supuso, que es la de “El Sindi”.

            Conocer el origen de las cosas ayuda a conocer el presente. MONOPATIN hace ese recorrido por el que esas tablas con ejes y ruedas, y sus pioneros, de manera inconsciente sembraron y abonaron el presente del skate. Personalmente me encanta ver a tanta gente patinando por las calles, me da igual que haya gente que lo tache de moda pasajera. Patinar es de las cosas más gratificantes que he hecho en mi vida y muchos de mis grandes amigos han salido de ese mundo. Pocas cosas me hacen mas feliz que compartir una sesión en un skate park con mi hijo Nicolás y me mantiene una sonrisa perenne que el pequeño de dos años, Carlitos, de momento, solo diga tres palabras : “Mama, papa, patín”... Larga vida al Monopatín!!

 Publicado originalmente el nº 2 de la Revista Don www.revistadon.com

Plástico. Tener mil problemas y dos soluciones

Que si, que vale, que esto ya no es lo que era. Que las alegrías brillan por su ausencia y que lo micro problemas se convierten en montañas. Pero que coño, lo que me hace feliz, sigue siendo editar música, editar canciones, hablar con los artistas, ayudarles a construir un panorama sólido para que defiendan su obra, entusiasmarme con su entusiasmo.

Evidentemente eres consciente que la recepción de un lanzamiento en esta maraña de autoeditados, crowdfundings, "me invento un sello y lo edito", ipod shuflles a reventar...       será más fría, más escéptica, ya no se creen nada y lo tienen que aprobar ellos. Bien, la rebelión de las masas de Ortega ya está aquí.

Hace años inauguré una colección dentro de Subterfuge que se llamaba Canciones desde la tumba y que se dedicaba a escarbar a la búsqueda de grabaciones de grupos desaparecidos y que en su momento nos habían marcado. De ahí salieron discos de Alaska y los Pegamoides (Mundo Indómito, dedicado a rescatar maquetas y Llegando hasta el final, grabación del último concierto que dio la banda en 1983, ambos coordinados por el ínclito Pedro Munster y con maravillosas portadas del grandísimo Javier Aramburu), Los Vegetales que inauguraron la serie, La banda sin futuro del inimitable Poch, los inclasificables Terry 4 y un sueño cumplido, las primeras canciones de Farmacia de Guardia. Por avatares de la de la situación, esta serie fue criogenizada a mediados del 2000: demasiada presión por detectar por dónde iban los nuevos hábitos de consumo, aprender nuevos lenguajes, intentar defender nuestra identidad y demás mandangas...

A día de hoy, asumo todos los cambios e incluso veo cierto brillo en el horizonte a pesar de interminables tempestades. Una de las razones para inocularme una buena dosis de entusiasmo se llama Plástico, la banda de unos quinceañeros Eduardo Benavente, Rafa Gutierrez, Toti Arboles, Carlos Sabafren, Emilio Estecha y el que tuvo a bien guardar durante casi 40 años esta maravilla, Luis Carlos Esteban. Hace un par de años en una conversación con Rafa, posteriormente fundador de los incombustibles Hombres G, me habló de una grabación hecha en unos desaparecidos estudios de la Plaza de Ramales en 1978, por intermediación de su hermano Felipe Lipe, bajista de los entonces deslumbrantes Tequila. Desde el principio me pareció una historia alucinante, por la edad de los componentes (cuando se grabó algunos tenían sólo 16 años), por quienes llegaron a ser (en sus filas estaban los futuros componentes de de bandas tan dispares como Parálisis Permanente, Hombres G y Olé Olé) pero sobre todo, porque me hizo ver que aún hay mucho por descubrir y recuperar. Afortunadamente el máster de esa grabación estaba bajo la custodia de Luis Carlos Esteban, y aún me emociono recordando la primera escucha de "Esto es", "Bombón helado", "Rodando por la escaleras" o "Me va la marcha" junto a ese hit inmediato y que me llegó a lo más profundo del alma "Patinete homicida".

A finales de Septiembre estará disponible. Se reactiva Canciones desde la tumba y yo, más que feliz. Por cosas así merece la pena todo, como dicen Plástico; "Tener mil problemas y dos soluciones". Pues eso.